EL ARTE DE LA TOLERANCIA COMO CAMBIAR EL VOTO, SIN MORIR EN EL INTENTO


Se pueden mantener firmes convicciones y morir con ellas en la mano, Se puede ser analítico y reflexivo y cambiar de pensamiento por erróneo o no conveniente. Se puede ser un “corchito” flotando a media agua, sin involucrarse ni opinar, dejando pasar la vida. Todas las posturas son válidas y respetables.
Lo que no se puede ser es, dueño de la verdad absoluta, defensor de la causa contra el enemigo que hay que extinguir, por no pensar igual.
“Escrachar” a una legisladora por haber hecho una revisión de conciencia y cambiado su voto, es el mayor signo de intolerancia de los que no tienen argumentos para defender su postura y usan la violencia para hacer cambiar de opinión a los demás.
Todo movimiento que se precie, debe lograr “empatía” hacia su causa para que la opinión pública apoye y acompañe. Eso se consigue con ideas claras, bien explicadas y una cuota de paciencia para aceptar y responder los embates del oponente.
Si un movimiento surge por generación espontánea (por impulso de intereses que no entienden y apoyo económico para merchandising, traslado, viandas y pago de espacios periodísticos); si ese conglomerado solo entiende de la fuerza del grito, la patota, el escrache, y las pintadas, es difícil esperar algo mas que antipatía de la gran mayoría de sus congéneres.
Y decimos gran mayoría, y nos referimos a los invitados de piedra a una fiesta que no le es propia. Parados en un lugar que no quieren estar y obligados a elegir entre opciones que no quieren ni les interesa. “¿A quién querés más…a mamá o papá?” sería un ejemplo pueril de este pensamiento.
La mayoría se despierta, desayuna, aun semidormidos salen a sus trabajos (o a buscar trabajo), regresan cansados y finalizan una jornada agotadora sin plantearse la profundidad del pensamiento filosófico que desvela a pequeños grupos y sus temas de trascendencia universal.
Muchos miran desde la vereda. No les importa el tema. No lo sienten propio. Creen que les están torciendo la voluntad para tomar partido por algo que no es masivo, popular y le es ajeno, por más que el “colectivo de actrices” le refrieguen por el rostro su color preferido.
Al día que aprendamos a deletrear la palabra tolerancia, ese día iniciaremos el camino del entendimiento, por más que los mesiánicos sigan proponiendo temas, de vida o muerte, o de importancia total.


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