DESAPARECIDOS EN RIO NEGRO: AUSENCIAS QUE DUELEN, HUELLAS QUE NO APARECEN


DESAPARECIDOS EN RIO NEGRO: AUSENCIAS QUE DUELEN, HUELLAS QUE NO APARECEN

“Están en algún sitio / concertados desconcertados / sordos. Buscándose / buscándonos / bloqueados por los signos y las dudas. Contemplando las verjas de las plazas / los timbres de las puertas / las viejas azoteas. Ordenando sus sueños sus olvidos. / Nadie les ha explicado con certeza / si ya se fueron o si no / si son pancartas o temblores / sobrevivientes o responsos” fragmento del poema “Desparecidos” de Mario Benedetti.
Tal vez sea alguna anomalía dimensional, alguna condición en el aire, una brecha en el contínuo espacio/tiempo, una sucursal rionegrina del Triángulo de las Bermudas o simplemente la falencia de los encargados de buscarlos que no encuentran huellas o respuestas.
Como si fuera un pase de magia de un prestidigitador, los desaparecidos “ahora están, ahora no están” y la angustia por su ausencia se agiganta y toma estado publico. Y los rostros se multiplican en afiches colocados en paredes y postes. Y las ofertas de recompensas económicas no surten efecto, porque nadie tiene precisiones para aportar.
Algunas ausencias son muy recientes y las búsquedas figuran en las obligaciones diarias de comisarías y destacamentos de la zona. Otras, más antiguas, son recordadas cada tanto, son novedad positiva. Incluso, en esta lista de buscados hay un sospechado de doble homicidio que nunca fue hallado.
Alguien que figuró mucho tiempo como desaparecido fue Rodrigo Hredil, el joven de 21 años que se esfumó en 2015 en San Antonio Oeste y sus restos fueron hallados dos años después en la zona de la marea. Se habló de brote sicótico y la búsqueda fue un martirio para su familia. El de Rodrigo es el único de los casos resueltos hasta el momento: para el resto solo los rodea la incertidumbre.
Ana Zulema Walter es una docente jubilada que una mañana de junio de 2017 desapareció de su domicilio y nunca más se supo de ella. Alrededor de su ausencia se dieron precisiones y pocas certezas, como que un taxista la había llevado hasta un gimnasio de la costanera viedmense. Otra persona la vio caminar cerca del puente ferrocarretero. Alguien dijo que andaba por El Cóndor y hacia allí se centro las búsquedas con perros adiestrados.
A más de un año de su desaparición aun se analiza la hipótesis que se arrojó al río. Los 500.000 pesos de recompensa que dispusieron las autoridades no sirvieron para nada.
Desde enero de este año, familiares y amigos de Roy Liria, un hombre de 63 años de Sierra Grande, lo buscan sin descanso. El ex minero que sufría algunos trastornos mentales desapareció sin dejar huellas y en nueves meses no se supo nada más de el. Hace unas pocas horas, a raíz de un informe televisivo de Telefé Noticias, alguien creyó reconocerlo como uno de los “homeless” que viven en Aeroparque, pero fuentes de la familia desmintieron que sea Roy Liria, y la angustia continúa. La recompensa está en 150.000 pesos.
El caso de la desaparición de Daiana Ginaro es más cercano. Por propia decisión se bajó del auto familiar en la esquina de Boulevard y Pueyrredón y hasta hoy nadie ha podido dar con su paradero. Falta desde el 15 de Agosto de 2018 y ya se realizaron decenas de rastrillajes, búsquedas de Viedma y Patagones, usaron perros rastreadores sin resultado positivo.
La búsqueda de Ignacio Alan, el octogenario que falta desde el 9 de setiembre es similar. Incluso llegaron a la región buzos especializados para revisar canales de riego, en busca de un cuerpo o simplemente indicios. Nada ha servido hasta el momento, y las tareas continúan.
Camilo Morales, de 58 años, puede ser ubicado en la categoría de “fugado” porque su ausencia data del mismo momento del hallazgo de los cadáveres de Lilia Lantelme, de 83 años, y de su hijo Fabián Zaher, de 56, en una vivienda en el barrio Jardín de Viedma. El hombre es el principal sospechoso del hecho ocurrido en abril de este año. Técnicamente, él también es un desaparecido y los esfuerzos desplegados para encontrarlo fueron estériles.
Párrafo aparte merece la ausencia de Silvia Colque, desaparecida el 5 de junio de 2017 en Viedma. El de ella es un caso muy distinto a los citados porque es el único donde hay sospecha cierta de desaparición violenta. Su marido, Marcos Thola Durán, está acusado de matarla y haber hecho desaparecer el cuerpo. A los fines de esta nota, Silvia Colque es una desaparecida, que engrosa la lista lamentable de aquellos que no están.
Las ausencias, o mejor dicho, la falta de presencias, hablan de situación incompleta, de cosa no redondeada o terminada, de angustias que no terminan. Pero principalmente denuncian esfuerzos que no alcanzan para buscar huellas, descubrir rastros y cerrar historias.
Nadie desaparece en el aire de manera mágica y espontánea. Nadie se va sin dejar huellas de sus pasos. Nadie se pierde en la noche para transformarse en fantasma. Es por eso que las búsquedas (con mayor o menor intensidad) continúan esperando la mejor palabra “¡¡¡apareció!!!”


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